
Sin embargo, llevado a un plano más genérico, el mundo de los consejos siempre me ha hecho mucha gracia.
No puedo evitar que se me vengan a la cabeza los consejos tan prácticos que nos podrían dar Bill Gates o Amancio Ortega (por ejemplo) cuando nos dicen que el dinero no da la felicidad.
Tiene gracia, ¿no? Los visualizas recostados en unas tumbonas de diseño al lado de una piscina infinita al borde del mar con una piña colada en la mano y una bella masajista balinesa acariciando suavemente sus pies (en realidad así me imagino más a Brad Pitt y no señores entraditos en carnes y en años)... no da la felicidad, no... pero no me despertéis en un rato...

Tampoco es la primera vez -ni será la última- en que una modelaza de piernas interminables, melena brillante, pechos turgentes, madre de tres hijos, y tez de porcelana nos dice seriamente que la belleza está en el interior (¿en el interior de qué? ¿de su ropa?). Sonríe hechizándonos con el brillo de sus blancos dientes, mientras apostilla que le encantan las hamburguesas, y que no tiene ningún truco de belleza porque es que ella no se cuida nada. Pero nada de nada.

Y yo en ese preciso momento me encuentro repasando el extracto del banco, porque no me puedo creer que me gastara tal cantidad de dinero (que tienen Bill y Amancio, pero no yo) en la perfumería de la esquina, total, para seguir con la celulitis incrustada en mi cuerpo y con las patas de gallo que empiezan a despertarme con el kikirikí matutino (hace tiempo que no uso despertador, así me apunto al ahorro energético...).

Repaso mentalmente y hace meses que no veo una hamburguesa ni por la tele, en mi nevera no hay más que apio, calabacines, y demás alimentos hipocalóricos que acaban en -ines, y mis lorzas siguen agarradas a mi tripa como garrapatas.

Luego están los consejos del hogar que se pueden leer en revistas genéricas, que son del tipo: "Si quiere limpiar objetos de plata mezcle las cenizas de cigarrillos con un poco de jugo de limón , forme una pasta y pásela sobre la superficie".
... Mientras que tú, la última tumbona que tuviste era del Ikea, y para que te cupiese en la terraza había que meter la cabeza en el salón; además ya está rota y mal doblada, y está esperando a ser llevada al contenedor, cosa que por cierto, harás este año, o el que viene... además lo harás personalmente, no vendrá Ambrosio ni Jeffrey a por ella...

Tampoco es la primera vez -ni será la última- en que una modelaza de piernas interminables, melena brillante, pechos turgentes, madre de tres hijos, y tez de porcelana nos dice seriamente que la belleza está en el interior (¿en el interior de qué? ¿de su ropa?). Sonríe hechizándonos con el brillo de sus blancos dientes, mientras apostilla que le encantan las hamburguesas, y que no tiene ningún truco de belleza porque es que ella no se cuida nada. Pero nada de nada.

Y yo en ese preciso momento me encuentro repasando el extracto del banco, porque no me puedo creer que me gastara tal cantidad de dinero (que tienen Bill y Amancio, pero no yo) en la perfumería de la esquina, total, para seguir con la celulitis incrustada en mi cuerpo y con las patas de gallo que empiezan a despertarme con el kikirikí matutino (hace tiempo que no uso despertador, así me apunto al ahorro energético...).

Repaso mentalmente y hace meses que no veo una hamburguesa ni por la tele, en mi nevera no hay más que apio, calabacines, y demás alimentos hipocalóricos que acaban en -ines, y mis lorzas siguen agarradas a mi tripa como garrapatas.

Luego están los consejos del hogar que se pueden leer en revistas genéricas, que son del tipo: "Si quiere limpiar objetos de plata mezcle las cenizas de cigarrillos con un poco de jugo de limón , forme una pasta y pásela sobre la superficie".
Verídico. Entonces los marcos de plata me quedarán como nuevos, los pulmones no, pero cómo luce la foto del bodorrio en el marco de plata repujada...

Otro: "Para quitar las manchas de sarro de los artefactos del baño prepare una solución de 1/4 de litro de agua hervida, una cucharada sopera de sal fina bien colmada y otra de bicarbonato de sodio. Mezcle bien y humedezca un trapo con ese líquido. Pase por toda la superficie y deje actuar durante 5 a 7 minutos. Después enjuague".

Agua hervida (¿hervida? ¿y si es mineral?), y deje actuar de 5 a 7 minutos, cronómetro en mano, como te pases se disuelven los azulejos.

¿Quién fue el primero en vaciar un cenicero, mezclarlo con zumo de limón (que uno siempre tiene por ahí a mano) y hacer una pasta? ¿Qué clase de aburrimiento tenía encima?

Otro: "Para quitar las manchas de sarro de los artefactos del baño prepare una solución de 1/4 de litro de agua hervida, una cucharada sopera de sal fina bien colmada y otra de bicarbonato de sodio. Mezcle bien y humedezca un trapo con ese líquido. Pase por toda la superficie y deje actuar durante 5 a 7 minutos. Después enjuague".

Agua hervida (¿hervida? ¿y si es mineral?), y deje actuar de 5 a 7 minutos, cronómetro en mano, como te pases se disuelven los azulejos.

¿Quién fue el primero en vaciar un cenicero, mezclarlo con zumo de limón (que uno siempre tiene por ahí a mano) y hacer una pasta? ¿Qué clase de aburrimiento tenía encima?
Esto me recuerda a una pregunta que me hago cada vez que tengo el inmenso placer de encontrarme comiendo percebes. ¿Quién fue el primer desalmao que se metió un percebe en la boca? ¿Lo pelaría?
Qué desesperado tenía que estar, porque no sólo son repugnantes de aspecto... fijaos a dónde hay que ir para coger un percebe... Bendito desalmao.
























































